¿POR QUÉ COLAPSAN LOS PARTIDOS POLÍTICOS?

Por: Flavio Holguín

Tanto en política, como en la vida misma, no hay espacios para la resurrección, ni para milagros tardíos, que permitan una segunda oportunidad de reconstrucción a una entidad zarandeada por el enorme peso de su degradación moral y estructural.

Los partidos políticos no desaparecen cuando pierden una elección. Comienzan a morir cuando traicionan la esencia que les dio origen y renuncian a sus principios.
Expiran cuando sustituyen las ideas por ambiciones vulgares y dejan de ser instrumentos de transformación social.

La muerte política rara vez ocurre de manera súbita. Es lenta, progresiva y muchas veces, imperceptible para quienes la padecen.
Un partido empieza a extinguirse cuando deja de escuchar a su militancia y a su pueblo, para terminar escuchándose a sí mismo.
Cuando cambia la ética por el pragmatismo, la doctrina por la conveniencia, y la vocación de servicio por la arrogancia y la embriaguez del poder.

Colapsa cuando la democracia interna es cercenada por pequeñas élites que se consideran dueñas absolutas de la organización.
Cuando los acuerdos dejan de respetarse, cuando las normas partidarias se convierten en letras muertas y la disidencia pasa a ser tratada como traición.

Es justamente en ese instante, donde comienza la degeneración partidaria, la cuál terminará inevitablemente en el despeñadero.

La historia política dominicana está abarrotada de siglas que alguna vez prometieron redención y terminaron ofreciendo decepción. Partidos que nacieron envueltos en discursos de justicia, patriotismo, liberación y cambio, pero que degeneraron en maquinarias de clientelismo obsceno, prebendarismo degradante y corrupción rampante.

Ningun partido fue destruido exclusivamente por enemigos externos, la mayoría terminó suicidándose políticamente, víctima de sus propios excesos y desvaríos, de sus luchas intestinas, de sus traiciones internas y del desprecio sistemático hacia sus propios miembros y simpatizantes.

Los partidos no colapsan por persecución, colapsan por descomposición interna.
No desaparecen por falta de oportunidades, desaparecen por el abuso continuo contra sus propios reglamentos y principios.

No sucumben por falta de votos, sucumben por falta de credibilidad, debido a que la organización se divorcia de la verdad, desprecia a su militancia desde su confort plutocrático, utilizando para ello, el Estado como herramienta de manipulación y enriquecimiento.

Es precisamente, a partir de ese estadio, cuando comienza de forma gradual el descalabro fatídico, que sellará el triste destino histórico de las entidades políticas.

Casi todos los partidos desaparecidos en la República Dominicana compartieron un mismo patrón de autodestrucción:

1) Cercenamiento democrático interno.
2) Ausencia de renovación dirigencial.
3) Pérdida de identidad ideológica.
4) Distanciamiento de la realidad social.
5) Corrupción institucionalizada.
6) Clientelismo permanente.
7) Luchas fratricidas por el control hegemónico de sus estructuras.
8) Implosión interna.
9) División inminente.

Ahí están los ejemplos de los primeros Partidos de la vieja República.
El Partido Azul de Gregorio Luperón y del Partido Rojo de Buenaventura Báez, ambos arrastrados por el agotamiento de sus ciclos históricos.

También desaparecieron las corrientes de los Boludos y Coludos, articuladas alrededor de figuras como Ulises Heureaux y Horacio Vásquez, ambas atrapadas por las mismas contradicciones que consumen a toda agrupación con liderazgo centralizado.

Más adelante sucumbió el Partido Dominicano, considerado como Partido Único, el cual fue incapaz de sobrevivir a la caída de Rafael Leónidas Trujillo, porque nunca fue una institución real, sino la prolongación absoluta de una dictadura.

Lo mismo ocurrió con la Unión Cívica Nacional (UCN), encabezada por Viriato Fiallo, y con el Movimiento 14 de Junio,(1J4) de Manolo Tavárez Justo.
Estas estructuras terminaron debilitadas al depender del liderazgo emocional de sus fundadores.

Incluso, partidos que todavía sobreviven jurídicamente dejaron hace tiempo de ser fuerzas determinantes, tal es el caso del otrora poderoso Partido Revolucionario Dominicano (PRD), que dominó durante décadas el escenario político nacional, para terminar fragmentado por conflictos internos y por la incapacidad de sus dirigentes de administrar democráticamente sus diferencias y contradicciones.

De sus propias entrañas surgió el Partido Revolucionario Moderno (PRM), reduciendo dramáticamente el peso histórico del viejo partido blanco (PRD).
Igual suerte sufrió el Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), que tras la desaparición física de Joaquín Balaguer jamás volvió a recuperar su condición hegemónica y terminó relegado a un papel secundario y dependiente.

Mención obligatoria merece el Partido de la Liberación Dominicana (PLD), organización que durante años concentró un poder casi absoluto y terminó protagonizando uno de los procesos de degradación política más acelerado, traumático y aberrado de la historia reciente dominicana.

Lo que alguna vez fue presentado como un partido disciplinado, estructurado y doctrinario, terminó sucumbiendo bajo el peso de la arrogancia del poder, la burocratización dirigencial, el clientelismo desbordado y los escándalos de corrupción que erosionaron profundamente su credibilidad ante la sociedad.

El PLD no fue derrotado sólo por la oposición, fue derrotado por sus propios excesos, por el distanciamiento entre su dirigencia y las necesidades reales del pueblo, por el cercenamiento de su democracia interna y por la transformación de una organización política, en una estructura de privilegios, control, acumulación de riqueza y de poder insaciable.
Su colapso electoral no fue un accidente coyuntural: fue la consecuencia inevitable de una descomposición largamente incubada.

Precisamente de esa fractura del PLD, emergió la Fuerza del Pueblo (FP), convertida hoy en el partido mayoritario más joven del sistema político dominicano.

La Fuerza del Pueblo, conjuntamente con su experimentado liderazgo, está compelida a constituirse no sólo en el ultimo reducto de dignidad y decencia, sino además, en la última Gran Esperanza del sistema de partidos de la República Dominicana.
Su Gran contribución en este ámbito, sería evitar la repetición de los tortuosos ciclos autodestructivos, que históricamente han caracterizado a todas las organizaciones políticas del país.

Sin embargo, su verdadero desafío, además de crecer electoralmente, consistirá en resistir la tentación de reproducir los mismos vicios que destruyeron a sus predecesores. Ese, sin duda alguna, sería su enorme reto.

Porque la historia política dominicana ha demostrado una verdad brutal e inapelable: ningún partido sobrevive eternamente cuando se pudre por dentro. Todos creen que el poder es eterno. Todos piensan que pueden desafiar indefinidamente el desgaste moral, la corrupción, el abuso interno y el divorcio con la sociedad. Pero tarde o temprano la historia termina pasándoles factura y ejemplos tenemos de sobra.

Y cuando un partido pierde el respeto de su pueblo, la confianza de su militancia y la razón moral de su existencia, ya no habrá propaganda, dinero, alianzas ni artificios electorales capaces de salvarlo del basurero implacable de la historia y de su irremisible colapso total.

Al arribar a ese punto de no retorno, entonces y solo entonces, no habrá otra alternativa más que encogernos de hombros y entonar el réquiem gregoriano.

One comment

  1. Cristy Menendez

    El artículo de Flavio Holguín presenta una reflexión política profunda, intensa y cargada de una crítica estructural muy bien articulada sobre la decadencia de los partidos políticos, especialmente dentro del contexto dominicano. Su narrativa combina análisis histórico, filosofía política y un tono casi profético, logrando transmitir una sensación de advertencia seria sobre el deterioro moral de las organizaciones partidarias.

    Uno de los mayores aciertos del texto es su capacidad para universalizar el problema político. Aunque claramente hace referencia a la realidad dominicana, los planteamientos pueden aplicarse a múltiples sistemas políticos latinoamericanos e incluso internacionales. La idea central —que los partidos no mueren por enemigos externos sino por su propia descomposición interna— está desarrollada con coherencia, fuerza argumentativa y una notable carga emocional.

    El artículo sobresale también por su riqueza retórica. Expresiones como “embriaguez del poder”, “despeñadero”, “suicidándose políticamente” o “confort plutocrático” le aportan dramatismo y profundidad, elevando el texto por encima de un simple comentario político. Hay una construcción literaria muy cuidada que refleja dominio del lenguaje y una clara intención de impactar al lector.

    Otro aspecto valioso es la estructura lógica del contenido. El autor lleva al lector desde una reflexión filosófica sobre la “muerte política”, hasta aterrizar en ejemplos históricos y finalmente resumir el patrón de autodestrucción en nueve puntos concretos. Ese cierre enumerado fortalece muchísimo el mensaje porque sintetiza las ideas centrales de manera clara y contundente.

    Además, el texto transmite una fuerte preocupación ética. No se limita a denunciar corrupción o clientelismo; va más allá y señala la pérdida de identidad ideológica, el abandono de la militancia y la destrucción de la democracia interna como señales inequívocas de decadencia. Eso le da al artículo una dimensión moral y no solamente partidaria.

    En términos de estilo, Flavio Holguín demuestra una voz firme, madura y reflexiva. Se percibe un autor con lectura política, memoria histórica y capacidad analítica. El tono es crítico, pero no vulgar; severo, pero intelectualmente estructurado.

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