La política reciente en la República Dominicana no puede comprenderse sin examinar a plenitud la convergencia de tres factores que, entre sombras y maniobras, moldearon el escenario que terminó colocando en el poder a un proyecto político que muchos consideran el resultado de una ecuación peligrosa: injerencia externa, conspiraciones internas temerarias y la miserable cobardía política durante el período 2016 -2020.
En el centro de esa tormenta se encuentra la responsabilidad histórica de Danilo Medina, cuyo cálculo político, ambición desmedida y posterior debilidad, facilitaron el quiebre del sólido proyecto boschista y el ascenso al poder del Partido Revolucionario Moderno (PRM) y Luis Abinader.
Nada de lo ocurrido fue espontáneo, fue una construcción minuciosamente gestada y ejecutada para alcanzar dichos objetivos.
Para julio del año 2016, apenas terminadas las elecciones, Luis Abinader y su partido anunciaron con entusiasmo y con bombos y platillos la llegada de Rudolph Giuliani, ex alcalde de Nueva York y figura cercana al entonces influyente empresario y posterior presidente estadounidense Donald Trump.
Primero lo contrataron como asesor del candidato del PRM, el 28 de Febrero del 2016 y luego, pasadas las elecciones, como conferencista en materia de seguridad ciudadana. Fue presentado como el hombre que supuestamente había domesticado y barrido con el crimen en una de las ciudades más complejas del mundo, New York.
Aquella jugada no era casual, era el primer ladrillo que se colocaría en la construcción de una narrativa cuidadosamente diseñada, para proyectar a Luis Abinader como la figura políticamente confiable, como el niño lindo, que contaba con el beneplácito de los centros de poder de los Halcones de Washington.
Sin embargo, en ese momento no había sincronía política, ya que Rudoph Giuluani era republicano y el gobierno de ese entonces estaba bajo la administración del demócrata Barack Obama, por lo que no maduró su vínculo estratégico con el ex alcalde.
El intento quedó sembrado, esperando posteriormente el momento núbil, el cual llegaría mas tarde.
Las elecciones del 2016 dieron una victoria aplastante a Danilo Medina con un 62 % de los votos, un resultado que muchos calificaron de desproporcionado y que críticos atribuyeron a la instauración de un mercado persa electoral, alimentado por la obsesión compulsiva y frenética del mandatario de turno, para convertirse en el presidente más votado de la historia dominicana.
Luis Abinader quedó reducido a un 34.98 %, pero lejos de desaparecer o diezmar su ímpetu de activismo político, comenzó a preparar lo que terminaría siendo la tormenta perfecta del 2020.
Fué entonces cuando el tablero político cambió dramáticamente.
Con Trump ya instalado en la Casa Blanca, el acercamiento previo con Rudoph Giuluani adquirió otra dimensión.
Según numerosos observadores y críticos, a partir de ese momento comenzó a consolidarse lo que muchos perciben como una de las mayores intromisiones extranjeras en la política dominicana contemporánea.
Desde distintos frentes se fue construyendo un clima político que favorecía el desgaste definitivo del régimen danilista.
En ese contexto apareció con fuerza la USAID, señalada por sectores políticos como parte de una estructura de influencia que contribuyó a fortalecer narrativas mediáticas y a respaldar plataformas comunicacionales, las cuáles se presentaban como “independientes”, pero que concentraron su fuego visceral contra el gobierno de Medina en el momento de mayor vulnerabilidad política, fruto del desgaste y los diversos escandalos de peculado gubernamental.
El segundo factor que arreció y trajo consigo la debacle de esa administración, fue la ambición personal del propio Medina. Su insistencia en modificar la Constitución para buscar un tercer mandato, terminó convirtiéndose en su mayor error estratégico.
Lo que pretendía ser una consolidación de poder se transformó en su debilitamiento definitivo y en su sepultura.
La presión internacional escaló hasta un punto sin precedentes.
El momento más revelador fue la llamada del entonces secretario de Estado de los Estados Unidos, Mike Pompeo, instando a Medina a desistir de la reforma constitucional. Aquella intervención fue interpretada por muchos como una señal inequívoca de hasta qué punto, poderes supranacionales estaban influyendo activamente en el rumbo político dominicano.
Esa fue una señal evidente de quiebre.
Sin posibilidad de reelección, Medina tomó la decisión que terminó dinamitando su propio proyecto político al imponer como candidato a Gonzalo Castillo, conocido popularmente como “El Penco”.
Aquella designación provocó una fractura profunda dentro del partido oficialista, especialmente con el liderazgo del expresidente Leonel Fernández, quien según múltiples encuestas encabezaba la preferencia tanto dentro del partido como en el escenario nacional proyectando una victoria contundente que rebasaría el 57% de la intención del voto popular.
La confrontación interna se convirtió en guerra abierta.
El resentimiento político dentro del oficialismo condujo a un proceso de primarias profundamente cuestionadas por amplios sectores de la sociedad. Fue ahí donde entró el tercer factor de ruptura que terminaría desestabilizando todo el sistema de reingenieria electoral, rodeado por la implementación del voto automatizado. Proceso éste, que contó con el apoyo técnico de la International Foundation for Electoral Systems. (IFES) organismo adlàtere de la Organización de Estados Americanos (OEA).
Lo que debía ser modernización terminó siendo un detonante de crisis, caos y crimen de lesa patria, por la pérdida de más de 5000, millones de pesos, literalmente perdidos en un colapsado proceso electoral, en el cuál intervinieron manos criminales.
Primero vino la ruptura del partido gobernante, luego el colapso de las elecciones municipales de febrero del 2020, un hecho sin precedentes que sacudió la confianza en el sistema electoral dominicano y dejó al gobierno paralizado frente a una crisis institucional de enorme magnitud, debido a la irresponsabilidad y pusilanimidad para resarcir a la sociedad dominicana, al obviar poner en movimiento la acción pública, a través de la Procuraduría General de la República, con lo cual ese crimen electoral de proporciones épicas, quedó en la total impunidad.
Hay un refrán antiguo que describe bien lo ocurrido: “Quien siembra truenos, cosecha tempestades” y “Quién a hierro mata, a hierro muere”.
Cuando el sistema electoral se derrumbó, Medina ya no tenía autoridad moral ni fuerza política para señalar culpables. Su propio historial de cuestionamiento en las primarias, el intento de perpetuarse en el poder y la fractura de su partido, lo habían dejado sin legitimidad para enfrentar la crisis desatada por la intervención clara de manos aviesas y perversas en sabotear el proceso electoral municipal.
El gobierno quedó atrapado en su propia red de decisiones erróneas. Mientras la presión nacional e internacional aumentaba, los detenidos y acusados de aquel brutal y criminal acto que hizo colapsar el sistema electoral de las municipales, tuvieron que ser puestos en libertad, y
fue así como el camino quedó despejado.
Entre ambiciones personales, divisiones internas y presiones externas, se configuró el escenario perfecto para que el poder cambiara de manos sin que existiera una verdadera confrontación política equilibrada. Lo que muchos interpretan hoy no como una simple alternancia democrática, sino como un desplazamiento del poder facilitado y servido en bandeja de plata desde dentro del propio gobierno, por cobardía o por la pérdida absoluta del chaleco moral.
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Ahí radica la tragedia política de ese período.
Porque si algo dejó claro aquel proceso es que el ascenso del PRM y de Luis Abinader no se explica únicamente por su fortaleza electoral, sino también por la debilidad y por la cobardía política de quien tenía la responsabilidad de defender su propio proyecto de poder.
En la historia dominicana quedará una conclusión difícil de ignorar:
¡No todos los gobiernos caen derrotados, algunos sólo se entregan!
Cuando eso ocurre, lo que emerge no siempre es una victoria democrática pura, sino el resultado de una ecuación donde la permisibidad a la injerencia, la ambición y la traición terminan escribiendo el funesto desenlace y penoso destino de quien pretendió ser: EL DICTADORZUELO DEL SIGLO 21.
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