Durante la campaña electoral, los políticos son casi santos. Salen a las calles con sonrisas relucientes, abrazan desconocidos como si fueran hermanos de sangre, y prometen un futuro tan brillante que hasta el sol se sonroja. En esos días, son humildes, atentos, serviciales y, sobre todo, humanos. Escuchan los problemas del pueblo con una expresión de profunda preocupación —esa misma que desaparece mágicamente una vez que los resultados electorales llegan a su favor.
En campaña, cualquier ciudadano es importante. El obrero, el inmigrante, el pequeño comerciante, la madre soltera, el anciano de la esquina… todos se convierten en piezas fundamentales del discurso político. Los candidatos visitan casas, van a fiestas comunitarias, se dejan ver en iglesias y ferias, e incluso se bajan del auto para tomarse la famosa foto con el perro del barrio. En ese momento, todo es cercanía, humildad y cariño. Prometen ser “la voz del pueblo”, “el cambio que necesitamos” y “uno de ustedes”.
Pero basta con que se cierren las urnas y aparezcan los números a su favor para que comience la metamorfosis.
El mismo político que ayer caminaba por las calles saludando a todos con besos y abrazos, hoy camina rodeado de asesores, guardaespaldas y una nube de soberbia. De pronto, el pueblo deja de ser “su gente” y se convierte en un simple conjunto de “ciudadanos”. Ya no hay tiempo para escuchar quejas ni atender llamadas. Las puertas que antes estaban abiertas para todos ahora se cierran con llave. Las sonrisas se reservan para las cámaras y los apretones de mano solo se dan si hay un fotógrafo cerca.
Esa amabilidad de campaña es como un disfraz que se guarda en el armario tan pronto termina el show. Lo más irónico es que muchos de esos mismos políticos se olvidan de que su poder es prestado. Que sus cargos no son eternos. Que las sillas que hoy ocupan con tanto orgullo tienen historia: ya otros se sentaron antes, y otros se sentarán después. Pero el ego político tiene memoria corta. Se creen indispensables, como si la ciudad, el estado o el país no pudiera funcionar sin ellos.
Y mientras más alto suben, más se alejan de la realidad. Se olvidan de la señora que les sirvió café en cada reunión, del joven que pegó carteles bajo la lluvia, del vecino que les ofreció su patio para una parrillada de campaña. Se olvidan de los que los ayudaron de corazón, sin esperar nada a cambio. Y, en cambio, se rodean de aduladores profesionales, de esos que aplauden todo aunque esté mal, porque entienden que el nuevo “líder” ya no quiere verdades, sino halagos.
La arrogancia política es un virus que se propaga rápido. Empieza con frases como “estoy muy ocupado”, “no puedo atenderte ahora”, o “habla con mi asistente”. Luego vienen los discursos llenos de tecnicismos, las reuniones exclusivas, los comunicados fríos y la distancia calculada. Lo que antes era un rostro amable se convierte en una máscara de indiferencia. Y lo más triste es que muchos realmente creen que ese comportamiento es normal, incluso merecido.
Pero el tiempo —ese juez silencioso— siempre llega.
Cuando se acercan las próximas elecciones, los mismos que se creían intocables bajan de nuevo a las calles, desempolvan la sonrisa y vuelven a abrazar desconocidos. De pronto, “su gente” vuelve a importar. Otra vez visitan los mismos barrios que ignoraron por años, vuelven a prometer lo mismo que nunca cumplieron, y piden con voz mansa: “confíen en mí una vez más”.
El ciclo se repite como una mala obra de teatro donde todos ya conocemos el guion. Y aun así, muchos caen de nuevo en el encanto del político arrepentido. Pero cada vez son menos los ingenuos. El pueblo empieza a entender que los puestos políticos no son tronos, sino encargos temporales. Que el poder debe servir, no servirse. Y que la verdadera grandeza de un líder no se mide por su discurso, sino por su humildad cuando ya no necesita fingir.
Porque al final, todos los políticos deberían recordar algo muy simple:
La silla que hoy calientan no es suya, es prestada.
Y cuando el pueblo decida quitársela, ni la sonrisa de campaña ni las fotos abrazando niños podrán salvarlos.
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Los políticos demagogos prometen el cielo antes de las elecciones y desaparecen cuando llega el momento de cumplir
Dan asco los politicos